Todo se ha dicho de la Ciudad de México. Bueno y malo; halagos y afrentas. Todo se sabe sobre ella, pero ese saber es imperfecto: una ciudad nunca es la misma, siempre cambia. Cambian sus habitantes. Sí sabemos todo, pero de Ciudades fragmentadas. La Ciudad son mil ciudades, con mil generaciones. Son quinientos años, con sus quinientas historias. Y la mía, es una Ciudad en cambio constante. ¿Alguna vez, en realidad, ha dejado de cambiar? Sí y no. La Ciudad cambia, pero pocas veces lo notamos. El tiempo de la ciudad, como el del mundo, es diferente al tiempo humano.
Pero de pronto el tiempo de la Ciudad se parece mucho al de cualquiera de nosotros. De unos años acá, le han dado un nuevo rostro, no sé si mejor o peor: diferente. Hoy mi barrio ya no es mi barrio. Pero es el barrio de los niños que juegan en él. Pocos, en realidad. Ellos recordarán otro lugar, aunque sea el mismo.
Crecí entre avalanchas y juegos de soccer en plena calle. Hoy, en la misma calle, el tránsito es insoportable en hora pico. Y casi todas las horas son pico.
Tacubaya. Tacubaya la vieja, -¡Vayas donde vayas, arriba Tacubaya-. Me gusta el barrio.
Extraño su tren, por Periférico. Pararse sobre los puentes peatonales y sentir cómo el corazón se quería salir de la emoción, y el cuerpo vibraba con la vibración del paso de las llantas sobre los rieles. El silbato estruendoso, las risas opacadas, el viento y la luna, el miedo, la felicidad. Correr sobre los rieles, caerse de rodillas, rocas enterradas en los huesos, pieles abiertas, como el corazón que aprende y recuerda. Hoy los recuerdos son cicatrices. A mi barrio le han retocado las cicatrices.
Le cambiaron el pavimento, le pusieron focos nuevos, y los rieles con sus piedras se convirtieron en cemento. El cemento debería soportar ciclistas, pero casi no lo hace. Es un acto suicida ocupar la ciclopista. Los pulmones no agradecen hacer ejercicio en medio de los carros, de tráileres y camiones. Además, en esta Ciudad, tan diferente de la de mi infancia, hay demasiada prisa como para ponerse a andar en bicicleta.
Pero hay algo que no ha cambiado mucho. Recuerdo la salida de la primaria, el hambre y el calor, la libertad de estar afuera de los muros. Y, entonces, la comida callejera.
En ese tiempo era una rareza comer fuera de casa. Yo no podía evitar oler la tortería, los pescaditos fritos, las papas a la francesa, la salsa, la grasa. Esos placeres estaban vetados, y lo agradezco. Mi infancia pasó entre jarras de aguas frescas de limón con chía, cocteles caseros con fruta de temporada, comedores enormes llenos de personas. La comida como lo que debería ser: un ritual, un gusto, un placer para compartir. Pero ese placer no evitaba que se me antojaran las fritangas de los puestos, que ahora, tantos años después, siguen ahí, con sus mismos dueños, algo más viejos, algo menos entusiastas.
Las prisas. Las prisas que nos quitan el fútbol y los trenes, y las avalanchas sobre Parque Lira. Las prisas que se olvidan de las aguas frescas para cambiarlas por coca-colas bien frías; las que provocaron que , en casa, cada uno tomara su camino y que la mesa enorme se fuera haciendo pequeña hasta convertirse en una excepción. Ahora es raro comer en una mesa, mucho más en una mesa grande con doce personas. Odio mis propias prisas, pero, como no puedo evitarlas, aprendí a vivir con ellas y cedí a sus antojos. Y a mis prisas se les antojaba comer fuera de casa.
Así fue como descubrí, un poco tarde, que la Ciudad es comestible y que sabe diferente según dónde vayas. Mi barrio me sabe a pescaditos fritos; Ciudad Universitaria, a tacos de canasta. Santa María la Rivera me sabe a birria y helados. Ciudad Neza me sabe a Barbacóa. Satélite, bueno... Satélite me sabe a Mc Donald's. San Pedro de los pinos me sabe a mariscos. Cuajimalpa me sabe a tlacoyos. El Potrero, a quesadillas y sopas de hongos. El desierto de los Leones me sabe a pinole. Mixcoac me sabe a alambre. Coyoacán me sabe a cochinita pibil y sopa de lima. El centro, es mi favotito, ese tiene muchos sabores.
No soy un gran conocedor, pero nací con estómago de uso rudo, alma de aventurero, y resistencia a las infecciones, así que he probado varias cosas. Y como la Ciudad cambia, me gustaría dejar un testimonio, sencillo, de los alimentos que los chilangos comemos todos los días. Y como el chilango anda a prisa, con poco presupuesto, y con mucha hambre, pues lo que come son antojos callejeros o comidas de restaurantes baratos, o sea, los chilangos son zero-gourmet. A veces, en festejos de aniversarios o días de la madre, se aprietan el cinturón (o se lo aflojan, según sea el caso) y se meten a algo más sustancioso, pero eso no es lo común.
Uno es lo que come, dice el dicho; una ciudad es lo que comen sus habitantes ¿Qué es la Ciudad de México?